Tembló y de los escombros nació el México solidario con cientos de historias que, al paso del tiempo, no dejan de contarse una y otra vez. Un sismo que se llevó vidas, pero también dejó muchos héroes anónimos, entre ellos los murciélagos. Un grupo de hombres y mujeres que improvisaron para rescatar vidas poniendo en práctica lo que mejor saben hacer: escuchar.

***

La mayor parte del tiempo Juan José Rodríguez, o Juanjo (como le llaman sus amigos) imparte clases de diseño sonoro en la Universidad de la Comunicación. También se dedica a componer música para teatro, cine, documentales y algunos comerciales. Entre todas sus actividades diarias, relacionadas con el sonido, jamás imaginó que sus conocimientos serían de gran utilidad aquel 19 de septiembre de 2017, una catástrofe que cambió la vida de muchos mexicanos. 

Minutos después del sismo, Juan José comenzó a ayudar con lo básico: llegó a uno de los puntos afectados y comenzó a remover escombros. Horas más tarde se percató que había mucha gente quitando trozos de piedras y por ello decidió (al igual que el terremoto del otro 19 de septiembre, pero de 1985) ayudar a preparar alimentos. Pero al poco tiempo las brigadas también comenzaron a saturarse de comida y de gente que buscaba ayudar.

Fueron sus amigas, también sonidistas, quienes escucharon la leyenda de un sonidista en el terremoto de 1985 colaborando con los rescatistas a salvar vidas, y aunque dudaron de la veracidad del supuesto acontecimiento debido a que hace 32 años, los equipos de sonidos eran muy pesados, fue esa leyenda la que impulsó a los expertos sonoros a formar brigadas.

“Cuando logré contactar a Jennifer y Pamela, les pregunté qué debía hacer, pero ellas no supieron darme instrucciones precisas porque era la primera vez que ellas y yo nos veíamos en esa situación. Todo era muy caótico y nadie sabía cómo hacer las cosas”.

La segunda vez que Juan José arribó a la zona de desastre, fue con su equipo de sonido. Sin embargo, fue rechazado por los miembros de la Marina Nacional, quienes se encontraban resguardando un edificio, que se había caído, al sur de la Ciudad de México. Siguió buscando, hasta que encontró al equipo de Protección Civil quienes no dudaron en aceptar su ayuda. Fue así como Juanjo entró al edificio y sin saber cómo, comenzó con el rastreo de vidas bajo los escombros. 

“Fue allí en donde encontré un nicho para ayudar con lo que mejor sé hacer. Me metí con tenis, sin ninguna metodología. Nadie me dijo cómo, no había nadie más que supiera hacerlo. Lo hice como pude, tal vez de la forma más irresponsable, pero sabía tenía que hacerlo”.

Al día siguiente, Juan José fue a un multifamiliar por la misma zona, donde ya se comenzaba a diseñar un procedimiento de trabajo tras la llegada de muchos sonidistas. Algunos llevaron equipo amateur y otros equipos profesionales. Fue ahí donde se encontraron los profesionales del audio, amigos de muchos años, como Leonardo Granados, Icautli Cortés, Toño Maldonado o Germán Lobos, solo por mencionar algunos.

Aquel grupo de expertos diseñó un pequeño centro de información a dónde llegaban reportes de los edificios caídos y si en esos lugares hacían falta brigadas de sonidistas. Al principio la gente los confundía con el grupo de rescatistas Los topos, pero ellos negaban esa afirmación pues a diferencia de los topos, los sonidistas tenían solo la función era escuchar. 

“Entonces alguien dijo, somos como los murciélagos, usamos el sentido del oído para orientarnos. El murciélago escucha el eco y sabe dónde está el objeto”.

Para formar parte del equipo de los murciélagos, era necesario ser un experto en sonido y con equipo adecuado para trabajar. Esto incluía el uso de micrófonos muy sensibles y costosos, como los lavalier, o el micrófono boom para cine; también grabadoras portátiles 

“Los micrófonos no son baratos, pero ¿y si con ellos podrías rescatar una vida?”.

Los murciélagos, un grupo de aproximadamente veinte personas, no eran rescatistas, no sabían de primeros auxilios y el equipo que llevaban no era el adecuado para los trabajos de rescate. Ellos solo tenían la intención de ayudar, pero sobre todo, eran los únicos que sabían escuchar. 

“Había gente que llevaba dos días debajo de los edificios caídos, algunos ya no podían hablar. El único sonido que podíamos captar, era el que ellos podían hacer al rascar entre los escombros”.

Gracias a su iniciativa y conocimientos en la materia, los murciélagos fueron de gran ayuda para el equipo de Los topos en zonas afectadas. El sismo ocurrió el martes 19 de septiembre y las brigadas de sonidistas se retiraron el domingo 24 de septiembre.  

“Las autoridades nos informaron que era imposible que cualquier persona atrapada bajo los  escombros tuviera las fuerzas para emitir algún sonido. Cinco días sin beber agua, sin moverse y probablemente con fracturas, restaba las esperanzas  para detectar un sonido”.

Los murciélagos comenzaron a funcionar un día después del terremoto, un proceso de trabajo que se improvisó en menos de 24 horas. Juan José lamenta que la iniciativa de coadyuvar con los rescatistas  haciendo uso del sonido, no se hubiera dado minutos después del sismo,  justo cuando la gente bajo los escombros tenía la fuerza para gritar. 

***

Han pasado dos años y los murciélagos nunca buscaron colgarse medallas y reconocimientos por haber colaborado en el desastre del 19 de septiembre del 2017,  poniendo en práctica su profesión como sonidistas. Ellos no quieren ser famosos, de ahora en adelante buscan servir a la ciudadanía en catástrofes como en ese terremoto y para ello necesitan entrenamiento y equipo eficiente que les permita ser de ayuda para las brigadas de rescatistas como Los topos, incluso capacitar a nuevas generaciones.

“Necesitamos entrenamiento y equipo especializado. Los micrófonos que usamos funcionaron muy bien, pero no son los adecuados para rescatar personas. En esta ciudad y en otras partes del país va a temblar, y cuando eso pase, los murciélagos queremos estar preparados para ayudar de nuevo”.

 

 

Texto y fotos: Bicky Ramírez