El Festival Internacional de Teatro Universitario de la UNAM, la Universidad Nacional Autónoma de México, es un encuentro que todos los años propone vincular al público con el pensar y el compartir las ideas que construimos en torno a todos los elementos que intervienen en el teatro: pensar las obras, la dramaturgia, la escena; pero sobre todo, pensarnos, dialogar y observarnos entre actores, actrices, directores, públicos, dentro y fuera de escena.

 

Uno de los proyectos invitados en su 27ava edición fue el “Jardín Sonoro”, una instalación traída desde el Jardín Botánico de Buenos Aires, que funciona con una app en el teléfono e invita a detenerse en medio de los árboles, en este caso, del Jardín Julio Castillo, en el Centro Cultural Universitario y a entender una obra de teatro a partir del sonido y la escucha.

 

En conversación con Florencia Lavalle, actriz y gestora cultural argentina, hablamos sobre cómo es que junto con Aliana Álvarez Pacheco, idearon este proyecto multidisciplinario y para todo público.

 

“El jardín es un lugar de encuentro -me explica Florencia- También los jardines y los espacios verdes son aire. Hay algo de eso: tomar aire para conectar con una experiencia artística. El aire es oxígeno, es respirar, pero también es aire emocional, afectivo, el sonido mismo es aire. También los espacios públicos son para compartir. En Buenos Aires, por ejemplo, hay muchísimos teatros, las artes escénicas en Buenos Aires son muy activas, hay gente talentosísima, hay una escena muy interesante, pero al mismo tiempo (a nosotras) nos interesaba pensar el teatro en lugares no convencionales porque a veces puede pasar que el teatro sea endogámico, que la gente piense que sea algo inaccesible. Cuando uno trabaja en espacios públicos, lo interesante es que la obra está ahí, para dar la bienvenida.

 

En el Jardín Sonoro viven 8 obras de dramaturgas mexicanas y argentinas, y viven porque se hacen presentes cuando, al pasar, el usuario activa la aplicación, y decide cómo escuchar 10 minutos de teatro sonoro que resultan inmersivos, no sólo por la atención importante que se le dio al paisaje sonoro dentro de la producción de los mismos audios en cada piezas creada específicamente para este proyecto; sino porque  al escucharlas el entorno adquiere otro matiz: ese jardín, ese lugar y ese momento son la obra. No hay tercera llamada, no importa si no se llegó a tiempo al teatro. Cada pieza sonora se hace de su propio tiempo, que es también el tiempo que uno elige para detenerse y escuchar.  El sonido y las historias, casi todas en voz de sus autoras, son los actores principales, y la contemplación de una piedra o la compañía de un pajarito bastan como escenario.

-En principio, el objetivo era dar mayor visibilidad a dramaturgas argentinas contemporáneas que son muy talentosas y que admiramos, además de promover y hacer circular la dramaturgia hecha por mujeres y poder acercar a gente al teatro que habitualmente no va al teatro. (…) Con Jardín Sonoro lo que buscamos es ir a contracamino. Como es una aplicación para celular, a veces uno tiende a pensar al celular como un instrumento de productividad, que te ayuda a hacer esto, a hacer lo otro, a estar todo el tiempo disponible, y trabajar con el celular.  Lo que pensamos con el Jardín Sonoro es por qué no utilizar el celular para tener una experiencia artística contemplativa también porque, en vez de invitar a acelerarse con el uso del celular, invitamos a detenerse. (…) Entonces, la propuesta es perderse un poco con los jardines y poder conectar con otro momento vital: un momento de escucha, un momento de introspección, que también es un momento colectivo porque la gente ve que no escucha sola, sino que hay otros escuchando; entonces son experiencias individuales y colectivas.

 

Resulta difícil pensar en lo íntimo en el espacio público cuando la constante de nuestra vida diaria es reservar nuestra vulnerabilidad para lo privado. En el Jardín Sonoro, Julia Paredes, Giuliana Kiersz, Gabriela Bejerman, Paula Marull, Gloria Carrá, Laura Santos, Mariana Chaud, Vivi Tellas, Rita Pauls, Jimena Eme Vázquez y Stephanie Izquierdo, autoras y voces, nos comparten sus pensamientos sobre la naturaleza, sobre el transitar de los recuerdos, las historias y las subjetividades en la vida y las ideas mujeres autoras, de mujeres intérpretes, de mujeres con voz que tienen algo que decir, al cobijo de la sombra de un árbol.

 

 

“A las autoras se les dió una consigna muy simple: el texto debía durar diez minutos, y debía ser atravesado por la naturaleza. De cualquier modo que uno pueda interpretar la naturaleza. Hay obras muy diversas, porque cada una de las dramaturgas tiene estilos diferentes, por ejemplo, Giuiliana Kiersz es una obra mucho más poética, después hay obras que son más performáticas, por ejemplo, la de Vivi Tellas y Rita Pauls es una conversación entre madre e hija que de hecho, a diferencia de las otras obras que se grabaron en un estudio, esta se hizo en un jardín (…) las acompañamos, y fue como una especie de conversación entre madre e hija que ellas ya tenían definida pero que tenía cierto nivel de vivo, porque Vivi Tellas trabaja mucho con el biodrama y con el cruce entre las artes y la vida. (…) y después tenemos ahí obras que son mucho más narrativas. (…) Ellas no sabían que iban a escribir entre ellas, pero de una forma mágica, se fueron combinando, y en el orden en que fuimos ubicándolas en el espacio, como que se va armando una sinfonía de estilos de dramaturgia contemporánea.”

 

En conjunto con un estudio de grabación y con sonidistas especializados en cine, Florencia y Aliana trabajaron con cada autora los tonos, los sonidos, la ambientación y las intensidades de la voz, de los detonantes sonoros que existen en cada pieza. Caminar este Jardín sonoro es caminar experiencias, pensamientos, encontrar melancolías, alegrías y aguerridas manifestaciones sonoras.

 

“Por ser obras de mujeres hay un punto de contacto muy singular entre todas, porque son problemáticas digamos vinculadas con el mundo de lo femenino; todo lo que tenemos que transitar, todo lo que tenemos que batallar, todos los conflictos que tenemos que superar a veces en un mundo que es un poco hostil para las mujeres, entonces en todas las obras hay algo de eso, porque hay temáticas vinculadas con la maternidad, con los vínculos, con los lazos afectivos, con la complejidades de los -que, como mujeres, tenemos que asumir, como madres, como trabajadoras, como seres sensibles, como personas también tratando de hacer nuestro camino en una sociedad que es hostil, que es patriarcal. Eso emerge en las obras y las conecta.”

 

La propuesta es hacer cuerpo las voces, señala Florencia. El Jardín Sonoro es un reencuentro, a través del teatro, con esas voces que se vuelven casi palpables, que además nos llevan a un lugar del recuerdo, como cuando niños, cuando se entiende el mundo a través del cuento, de la narración.

 

“Hay algo muy primitivo del sonido, de las historias orales. El sonido y las voces y la historia oral era una forma de transmitir saberes y transmitir trascendencia y es como una especie de hilo invisible entre las generaciones, entonces hay una cosa -¿cómo decirlo? – más ancestral de como cuando alguien te cuenta algo. La experiencia de la lectura es distinta, porque es una experiencia individual, casi como mental. (…) Obviamente en toda experiencia artística, la escritura o el sonido, se conforma junto con la otra parte del encuentro, que es la audiencia, el público el lector o el escucha. En el caso del sonido, no estamos habituados -tal vez algo en la radio- pero, ¿qué te cuenten un cuento? Es un vínculo muy fuerte de intimidad. Cuando uno es “grande” necesita que le sigan contando historias. Ahora hay una cantidad de herramientas de soporte del sonido que hay que aprovecharlas. “

 

Esta iniciativa, que te manda notificaciones al teléfono móvil, lo mismo que cuando te llega un correo o un mensaje, pero aquí “te llega una obra de teatro”, como señala, muy risueña, Florencia. Esta propuesta artística es movimiento, colaboración y transformación. La intención de las artistas es que las historias viajen, que se repliquen, que germinen nuevos relatos en todos los jardines posibles, que las voces de las autoras se manifiesten, como dijera una de las cantautoras iberoamericanas más icónicas de otras latitudes de habla hispana, Violeta Parra “…como en el muro la hiedra, como el musguito en la piedra”, que las historias broten. Que el teatro se vuelva jardín y los sonidos de las hojas secas sean cómplices de lo íntimo.

Compartimos las redes de Cultura UNAM, de Teatro UNAM, del FITU y de este proyecto, mantente al pendiente de sus actividades y propuestas.

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Fotos y texto por Emiliana Perdomo.