Encontrar a Amanda Castro en su casa fue al mismo tiempo un refugio y un atravesarse de tantos temas y realidades que están y tienen que decirse, y decirlos en el lugar y con la persona indicada. La antesala de la conversación fue una merienda llena de cuido -una palabra que, explica ella, indica en sí misma el plural del término “autocuidado” y lo reemplaza-  que seguiría de una conversación que se extendería por horas. “Te preparé unas quesadillas, quería hacer arepas pero al final me dio flojera palmear. ¿Querés té o agua fresca? Allá ya hay un plato con fruta picada, mirá nosotros comemos el mango así, con cáscara ¿Lo has probado? es un poco más amargo pero muy rico”. Amanda tiene una claridad amable e invitadora a la conversación. Comienza contándome cómo fue encontrarse con su primera cámara, qué le significa pensar la imagen, y el hilo de su historia personal se entrecruza pronto con la historia del cine centroamericano.

-Cuando era chica quería estudiar Ciencias Políticas y Derecho; entonces pasé gran parte de mi adolescencia participando en el activismo. Soy centroamericana, mitad costarricense, mitad nicaragüense y viví en Guatemala.  Entonces, SOY centroamericana [enfatiza].  Pasé mi adolescencia entre Nicaragua y Costa Rica, en movimientos políticos de ese momento, y fue recién saliendo de la secundaria que mis papás me regalaron una cámara digital -claro, en ese momento no existían los teléfonos inteligentes, y si existían no los podíamos pagar- entonces tenía una camarita chica, digital, y como estudié, afortunadamente, en una secundaria que estaba enfocada en las artes, todos mis compañeros hacían algo. Yo escribía, leía mucho, me interesaba mucho la imagen, eso sí. Y con esta camarita que me regalaron mis papás -la recuerdo, era chica y era roja- empecé a fotografiar las cosas que veía en el cotidiano (…) a mis compañeras, a mis compañeros, entonces como ellos actuaban, empezamos a hacer ejercicios juntas y juntos de dirección de actores. Y empezamos a hacer ejercicios grabados y editados como para ferias de bazar, desde la secundaria. (…) Y me apasionó muchísimo, muchísimo. Como que en ese momento dije “no quiero hacer otra cosa la vida”. Me interesaba mucho la imagen y, sobre todo, incidir sobre la imagen, no necesariamente alterarla, porque realmente lo mío nunca ha sido el tema de la edición de la imagen como tal, sino el tema de decidir qué es lo que voy a ver de el gran paisaje y transmitir una sensación o un mensaje con un pequeño cuadro.  Descubrí que tenía ese poder y me fascinó. Entonces tuve la oportunidad de participar en una producción de una persona que conocía en ese momento que estudiaba cine y ya a partir de ahí no pude parar. Empecé a estudiar cine en una escuela que hay de cine en Costa Rica recién salida de la secundaria, y nunca he trabajado en otra cosa. Desde entonces me dediqué completamente a ello, al cine, en distintos aspectos; en arte, guión, dirección de actores.

 

Veo sus ventanas, estamos en un edificio. Pienso en todas las posibilidades en que podemos enunciar una imagen y desde dónde hacerlo, y el cómo y el porqué, y recuerdo entonces un libro que tenía de niña, de un edificio “abierto”: tenía al medio un elevador de juguete que subía y bajaba, y al cambiar la página, podías ver cómo cambiaban las narrativas de los personajes en sus pisos. Sus traslados, sus tiempos. Que cuando mi hermana movía el elevador y se situaba en un momento específico, yo le hacía un cuento de ese piso con lo que veíamos. Contar una historia a partir de tres ejes: lugar, tiempo y perspectiva. Y del recuerdo pienso en el dispositivo, la herramienta y las implicaciones ideológicas que se atraviesan al “crear” una imagen. Amanda da en el clavo: hay que pensar la imagen desde el discurso.

 

-Jean-Luc Godard decía que posicionar la cámara era una decisión política. Es decir, lo que sea que vos querrás mostrar, donde sea que vos querrás poner la cámara, va a ser lo que vos vas a decir, es lo que estás diciendo, es lo que querés transmitir. Entonces para mí es muy importante pensar la imagen desde el discurso. Es decir, lo que yo estoy proponiendo a partir de dónde coloco mi óptica, o de dónde coloco el celular, incluso, lo que sea, es el lenguaje. Es decir, es una forma del lenguaje. Para mí, es muy importante cómo hablar de la historia. Es decir, estoy hablando en lo pequeñito de algo mucho más grande. Y si yo logro transmitir eso más grande en eso más chico, ya cumplí. Para mí es muy importante que la imagen que yo produzca sí me hable de todo lo que está pasando alrededor sin necesidad de ver todo lo que está pasando alrededor. Que en una sola sensación o en una sola mirada, se puede entender que allí estaba pasando algo en ese momento histórico, en ese lugar.

Me desconcierta mucho, durante la conversación, hacer eco todo el tiempo de sus ideas, pero no poder tener ejemplos claros de lo que significa el cine centroamericano. Me quiero refugiar en que mi especialidad es otra, pero también me parece imperdonable no saber.

 

-Somos una región chica- me explica Amanda- somos una región con una industria que todavía no es industria, es decir, es un movimiento cinematográfico relativamente incipiente (…) Ya podemos hablar de etapas, periodos y tal del cine centroamericano; pero bueno, yo tuve el privilegio sobre todo de haberme incorporado a la movida del cine de Centroamérica en un momento en que se estaba produciendo con perspectivas más locales y con muchos más insumos de los que había, por ejemplo, hace 30 años. Y sobre todo en un momento histórico además que era favorecedor para nosotras, tomando en cuenta que en Centroamérica la última guerra acabó hace menos de 30 años; es decir, la guerra en Guatemala acabó en el año 96, y en Nicaragua en el año 90. Entonces en ese momento el cine estaba muy limitado a la producción de documentales sobre la guerra. (…) En el periodo en que yo llegué, no solo había muchísimos más recursos monetarios de fondos y apoyos, sino también un espacio para hablar de nosotras mismas y de dónde venimos, y de cosas más íntimas. Ahora las y los realizadores centroamericanos sí hablamos mucho de la situación política centroamericana y cómo eso nos afecta, pero lo hablamos desde otro lugar, más personal. Como, por ejemplo, cómo es ser la hija de un desaparecido político y buscar a su padre, por ejemplo. O hablar desde cómo es crecer en una Costa Rica pequeño-burguesa en los años 2000. Contamos con muchos más recursos como cinéfilos. Tenemos mucha influencia del cine mexicano, sin duda, del cine francés, del cine español. Y entre los recursos con los que contamos, es que, por ejemplo, Costa Rica entró al Programa Ibermedia de forma muy antigua; esto nos impulsó como región a poder contar con estos apoyos y producir con mayor calidad. Luego entró Guatemala, luego entró Nicaragua, y recientemente, hace unos meses, entró El Salvador al Programa Ibermedia, entonces eso nos exige como realizadores y realizadoras producir material de otra calidad que pueda competir internacionalmente. Que es algo que se puede ver, que tiene un resultado tangible en que una película guatemalteca, Nuestras madres de César Díaz, participó en la semana de crítica de Festival de Cannes, y ganó la cámara de oro. El cine centroamericano ya se está posicionando a nivel mundial desde otro lugar. Y esto no hubiera sido posible sin estos apoyos que hemos recibido sin estos apoyos que hemos recibido externamente.

Ahora en Costa Rica, el cine que está ganado premios y que está representando al país -enfatiza- afuera en festivales de Clase A es hecho por mujeres. Entonces, si seguimos así pinta muy buen camino para el cine centroamericano.

Amanda habla en plural femenino. Ella participa también de un programa de radio por internet, Buen Día Gorilas, que transmite desde la Ciudad de México en la estación NoFm Radio. Como la escucho seguido, conozco su postura al respecto. Ella dice “todas” y “nosotras” frente a la constante invisibilización cultural y politica de Centroamérica, evidenciando con la palabra la realidad violenta de las mujeres de esa región, y del esfuerzo que implica trabajar y crear desde ahí.

 

Este año, el Costa Rica Festival Internacional de Cine presentaba su octava edición. Esta entrevista se realizó hace un par de semanas, antes de que  los casos de COVID-19 fueran alarma en América Latina, y hoy, frente a la emergencia sanitaria, se ha suspendido conforme a las normativas gubernamentales. “El corazón de nuestro festival es su público y la interacción que éste logra con los creadores. Esta medida se toma en aras de resguardar la salud de nuestros asistentes y de la sociedad”, explicó Ana Xóchitl Alarcón, Directora del Centro de Cine, en un comunicado de prensa emitido ayer. Cuando hablamos de este festival, Amanda me cuenta como la historia del cine centroamericano crece hoy gracias al importante esfuerzo de los y las realizadoras de cine, y que la producción fílmica hecha por mujeres está ahora mismo como punta de lanza, o como punta de aguja, diría yo, tejiendo otras formas de narrar y ver el cine.

-En Centroamérica han existido varios festivales de cine importantes, uno de ellos fue el Festival Ícaro en Guatemala, un festival de cine centroamericano que tiene más de 20 años ahora, si no me equivoco, y en su momento fue una muy importante plataforma de exhibición del cine. En Costa Rica existió un festival de cine internacional previo a este. El festival actual sé llama Costa Rica Festival Internacional de Cine y esta es su octava edición; sin embargo, existió antes otro festival que iba con otro nombre y bajo otra línea editorial, y antes una muestra de cine. [El CRFIC] vigila muy atentamente el tema de la participación de mujeres, directoras, productoras, y directoras de fotografía, pero sin una visión de “vamos a poner cualquier película para llenar una cuota de género y tener un poco de fama en las redes sociales”. Es decir, existe un grupo curatorial que vigila además la calidad de las películas y que demuestra que sí existen películas dirigidas por mujeres con la calidad de participar en un festival internacional de cine y de competir. (…) Creo que es muy importante rescatar esto que hace este festival, que es un festival de un país chiquitito, pero es un festival muy importante en la región.

 

Inevitablemente, hablamos de lo que significa en todas sus aristas el crear desde ser mujer. No puedo siquiera alcanzar a resumir todos los piensos, dijera una amiga escritora, que me surgieron ahí y que aparecen mientras recuerdo esta conversación. Los piensos son esta palabra hermosa que esa amiga me explicó un día: “El pienso es una planta. Es el forraje de las vacas y los caballos. Es alimento, pasto, hierba. Germina y crece, como las ideas” Los piensos con Amanda se dan abundantes y se cosechan pronto. Se comen frescos y se comparten.

 

-Yo me siento muy afortunada de estar en este momento porque sé que como realizadora tengo mucho más chance de participar en este tipo de espacios; que ahora se están abriendo. Es decir, que hace unos años era algo que ni siquiera nos lo planteábamos. Yo misma he participado en obra dirigida por mujeres que ha ganado premios, tuve la dicha de trabajar en una película llamada El despertar de las hormigas que es dirigida por una costarriscence que se llama Antonella Sudasassi, y esta fue la primer película  centroamericana en estar nominada a los Premios Goya, hace unos meses, entonces sí nos vamos abriendo camino, y vamos abriendo camino además mujeres en una película donde el cast y el crew eran conformados por mujeres, y luego participé en una película donde todas las jefas de departamento eran mujeres; y no fue ni siquiera planeado como tal, simplemente se dio así, no nos dimos cuenta y a la mitad de la película dijimos -Wow, somos puras mujeres haciendo esta película- una película sobre una mujer, además.

Me enorgullece mucho que Centroamérica se coloque en esa posición en América Latina que históricamente ha producido tanto cine durante tanto tiempo, al lado de México, por ejemplo, en países que son profundamente violentos contra las mujeres; lograr salir y dar la cara, y decir “Yo vengo de este lugar en donde las mujeres estamos dando la talla para el cine y estamos produciendo con las uñas y aun así estamos ganando y estamos representando”.

Desde el inicio, Amanda ríe cuando me enfatiza lo muy centroamericana que es. Entonces me habla del rescate, el archivo y la importancia de la construcción y reflexión de la memoria pasada y reciente del cine de esa región.

-En Nicaragua durante el año 2009 hubo un gran esfuerzo en rescatar una gran cantidad de archivos fílmicos que estaba enmohecido que fue abandonado por los gobiernos anteriores al gobierno actual (…) y se rescataron imágenes que ni siquiera había noción que existían allí. Tanto como de personajes políticos importantes como lo fue Sandino, por ejemplo, se logró recuperar material fílmico donde salía Sandino, y Costa Rica tiene el Centro de Cine que es una institución de gobierno que es una dependencia del Ministerio de Cultura y Juventud que tiene una sección de Archivo Fílmico y que también se capacita constantemente, entonces es un proceso. En Guatemala existe un acervo fílmico también muy importante, en la Biblioteca de Guatemala existe un acervo fílmico muy importante de Centroamérica; antes de que nosotras nos preocupáramos desde antes por trabajar el archivo, había que acudir a esta Biblioteca de Guatemala porque ellas cuentan con el archivo del resto de Centroamérica.

En festivales anteriores, en Costa Rica, se logró hacer una proyección ya restaurada de la primera película costarricense que se llama El Retorno, se proyectó con música en vivo, se hizo una copia, fue muy bonito (…) y así se va destapando no sólo el archivo sino la memoria de una Costa Rica que no verías así de otra forma.

En una charla que no quiero que termine, Amanda me habla de sus influencias y referentes como realizadora y todos lo que menciona de impronta sobra decirlo, iberoamericanos. No hay manera de narrar desde un lugar hacia otro sin conocer la narrativa propia, y esto para Amanda está claro.

-Hay un escritor nicaragüense que tiene una forma de escribir que es muy personal, muy íntima y muy jocosa, y es Omar Cabezas. En lo que yo hago procuro siempre mantener esa frescura, esa cotidianeidad y siempre una pizquita de cierto humor, ¿no? Retratar imágenes que igual rayan en lo absurdo, pero pueden ser dolorosas pero igual te dan risa. Y definitivamente la realizadora mexicana Tatiana Huezo es súper importante, la forma en la que ella trabaja la intimidad, con una delicadeza y un cuido por lo estético, pero al mismo tiempo esa pura crudeza de la realidad, logra fundir lo etéreo con lo real de una forma que a mí me parece impresionante. Siempre procuro tenerla mucho en mente, también como espectadora, que eso es posible. Y que también puedo exigir como espectadora,Es muy importante eso, colocarnos como realizadores y también como espectadores, qué es lo que se nos está pidiendo históricamente. Es decir, nuestra responsabilidad histórica con la creación de la imagen y de rescatar la memoria histórica no solamente en el rescate del archivo sino en la manera en que nosotras plasmamos historia en lo que hacemos.

Pienso mucho también en el director Patricio Guzmán, chileno, director de Nostalgia de la luz, El botón de nácar y la forma tan poética en la que narra eventos muy dolorosos de la historia. Es decir, vengo de un lugar con una historia muy dolorosa y muy poco explorada y conversada todavía, así que es muy probable que es mi generación y las generaciones que siguen que van ir desenterrando esa historia dolorosa, así que es muy valioso tener referentes como el que fueron excavando un poco de la memoria triste de su país de una forma tan hermosa y tan poética. Saber que es posible hacerlo y que puedo hablar del dolor desde un lugar muy mágico.

 

Mi té está frío, el mango se terminó, me río porque ella se ríe de mi cara cuando me lo como por primera vez con cáscara. “Allá los mangos se lavan bien, se les quita el culete de donde cuelgan y se les hace un hoyito allí para comerse la pulpa así; luego la cáscara se come dándole la vuelta como si fuera el cono de un helado” Por primera vez el mango me sabe macizo como se dice en México. Consistente, sustanciosa como esta plática que termina en la deriva de las otras palabras que asociamos a la memoria; además de archivo o repositorio. “La memoria es un acto de resistencia de los sentidos (…) El cine nos ayuda a colectivizar la memoria, nos ayuda a colectivizar la dicha, el llanto, la tristeza. (…)  [porque es la] colectivización de algo que nos proyecta a nosotras mismas en una pantalla en un ejercicio de la memoria, individual y colectiva. Compartir ese sentir es un ejercicio de memoria, Bueno, para mí, ¿no?” Reímos. Me termino mi té. Me voy de su casa, su edificio, bajo las escaleras, nos acompañamos. Ahora, cuando llego a mi edificio, sin elevador, y frente a mi puerta, escuchó antes de entrar, el silencio de la intimidad de mi propia casa, que es mi historia también. Y en cómo contarla.

 

Texto de Emiliana Perdomo

 

Fotos autobiográficas proporcionadas por la entrevistada.