ESTAMPA SONORA 1: MÉXICO

Cada tarde de fin de semana, Jesús recorre las calles de Coyoacán y Xochimilco con una canasta envuelta en plástico y bien amarrada a su bicicleta. No es un aditamento pequeño, y su bici tampoco es cualquiera. Lleva en el manubrio una bocina con reproductor para tarjeta SD que el joven ha adaptado. El pregón de sus productos es una frase que requiere garganta, y los casi 50 paquetes de 4 cocolitos calientitos que lleva cargando deben venderse todos, pues están frescos del horno. “Pero ¿Lo vas a grabar? Es que es mi tío” se ríe Jesús, pero me da permiso de grabar su bici mientras no salga su rostro. 

 

De todos los pregones de la ciudad, este es de mis favoritos. El elotero con sus esquites calentitos, el camotero con el chiflido ensordecedor de su carrito, o los del gas con sus gritos poderosos anunciando que ya van dando vuelta por la cuadra, son todos sonidos que viven en mi memoria de habitante citadina. “Son señales de que esta colonia está viva”, me decía un amigo poeta, para reírnos mientras corríamos a alcanzar al camión de la basura, que se iba ya con su campana dando vuelta a la esquina. Los sonidos y las músicas callejeros son eso: pulsiones de vida en las ciudades y los barrios. 

 

“Los cocoles”  ha sido el último, el más nuevo sonido de barrio añadido a mi audioteca sonora personal:  los cocoles son un pan que se vende en las ferias, es un “pan de pueblo” como le llaman, y no es un pregón “común”. En México existen panes para toda ocasión, de primera necesidad y consumo diario, como el bolillo, o festivos específicos, como el pan de muerto. El cocol es un bocado considerado un bocado de antaño, que en la cultura popular se asocia a personajes queridos de la televisión y de la cinematografía, como “El Tata”, el personaje del actor Jorge Arvizu en el que caracteriza a un abuelo necio en la serie cómica “La Carabina de Ambrosio”. “El Tata”  frecuentemente decía “¡Quiero mi cocol…!” en un argot que vinculaba a este pan con la necedad que a veces viene con la vejez.

 

Cantinflas, en su primera película protagónica,”¡Así es mi tierra!” en 1937, nos regala un cachito de historia de este pan de trigo, piloncillo y anís: menciona a su antecesor, el “chimisclán”, en una cancioncilla que dice “Ay cocol, ya no te acuerdas cuando eras chimisclán”, que era también una expresión popular que sé le decía a alguien que se le hubieran “subido los humos” es decir, alguien muy prepotente o presumido que no recuerda su origen humilde. 

 

El juego de palabras es claro: “…Y ahora que tienes ajonjolí, ya no te quieres acordar de mí”.

El chimisclán es un pan hoy difícil de encontrar, de masa de bizcocho sin dulce, que tiene forma de rombo. Es “un cocol mal hecho” como indica el Diccionario Enciclopédico de la Gastronomía Méxicana (Larousse, Muñoz Zurita,2000). Cuando se le agrega anís, cobertura de yema de huevo,  piloncillo (dulce de melaza) y/o ajonjolí, entonces ya es un cocol. 

 

Y el cocol, como término, se usa cada vez con menos frecuencia en México, igual que cada vez es menos frecuente encontrarlo en las panaderías. “¡Te voy a dar un cocolazo!” indica que tienes que cuidarte la choya (la cabeza) porque te van a acomodar un cosocorrón (un golpe seco con los nudillos en la cabeza, que por cierto, duele mucho)  El Gran Diccionario Náhuatl (UNAM, México, 2012) define la palabra “cocolli” como enojo o disgusto en varias de sus acepciones. Pero a los niños también se les dice cocolitos. Algo pequeño y dulce también es un cocol.  Ojalá Jesús no deje de pasar por mi cuadra. Ojalá mi colonia no se pierda en sus rutas de fin de semana en que reparte 5 piezas por 25 pesitos. 

 

Emiliana Perdomo

ESTAMPA SONORA: MÉXICO

Contiene un fragmento de audio en voz de Mario Moreno “Catinflas” del largometraje “¡Así es mi tierra!” de Arcady Boytler, 1937, México.